Conversación con Édgar Calel

“El arte para mí es un espacio de tránsito”

Nacido en Comalapa, una comunidad indígena maya kaqchikel de Guatemala, el artista visual Édgar Calel, quien dedica su trabajo a su cultura ancestral, reflexiona sobre el movimiento y la transformación. Sus pinturas, videos, instalaciones y performances han sido expuestos en diferentes lugares de América Latina y Europa. Este 2020 participa además en la 11a Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín.

C&AL: ¿Cómo se manifiestan estas reflexiones en su arte?

EC: El arte para mí es un espacio de tránsito, es un aeropuerto lleno de gente, destinos y procedencias. Al viajar, entonces, participo en los espacios en que circula la cultura. A mí me costó entender la necesidad de compartir en el arte. Pero solo así descubrí, por ejemplo, que en mi trabajo hay una parte que es oralidad vinculada con la manifestación del cuerpo. Así la poesía y la acción performática hallaron un lugar en mi arte y me revelaron riquezas útiles para describir lo que quería. No sé si sea una técnica, más bien es un impulso a hacer. Hace pocos días, por ejemplo, sentí ese impulso y terminé haciendo una instalación. Me pregunté: ¿dónde está la poesía dentro de mí y dentro mi ropa? Se me ocurrió que la poesía puede estar en los bolsillos vacíos de mi pantalón y decidí que eso iba a ser mi obra: escribí unas poesías en los bolsillos de mi pantalón y expuse los bolsillos hacia afuera. Así voy construyendo imágenes. La gente se reconoce en los símbolos, y así todos entramos en una dimensión íntima.

C&AL: ¿Cómo se representa en su obra esa oralidad que menciona?

EC: Le cuento otra historia. Esta mañana escribí un poema en el idioma kaqchikel. Dice: Ta tz’isa ri nu q’aq’ rik’in ri a chub. La traducción al español es: “Costura mi fuego con tu saliva”. Es un juego de palabras; cuando lo traduces lo recreas, lo llevas quizá más cerca a una imagen original o a la imagen en ese nuevo idioma. Eso es un desplazamiento y una manera de enriquecer la vida. Al no tener un medio específico al cual esté tan sujeto, me puedo permitir hacer esas cosas.

C&AL: ¿Qué valor tiene para usted participar en la Bienal de Berlín?

EC: Me siento portador de una responsabilidad, pues represento a una parte de la población guatemalteca en un evento global. El año pasado fui por primera vez a Berlín para asistir a un taller y mostrar trabajos. Fue importante porque debí prestar atención a los detalles con el fin de transmitir con fidelidad lo que había querido pensar. Trabajé constantemente con curadores y productores, y eso me marcó porque fue como el trabajo de una máquina que se nutre de sí misma para comprender lo hace: compartía cosas que se volvían preguntas que se volvían reflexiones que se volvían nuevas preguntas y terminaban por transformar al artista y la obra. El resultado es que, tras ese viaje, estoy preparando tres trabajos para la Bienal: un video, 38 dibujos, un suéter y dos fotografías. Son distintos en cuanto al medio, pero en lo conceptual los une el cuestionamiento.

La idea era volver a Berlín y pasar quince días, pero COVID-19 no me permite estar allá. Por eso, ese trabajo que estoy produciendo gira en torno a sueños que he ido dibujando con la ayuda de papel bond y carbón de churrasco, un material que encuentro con facilidad en Brasil –donde quedé anclado por el virus– y que me gusta. Como no puedo ir a Berlín, encuentro en ellos el lugar de tránsito que busco para culminar mi obra. Si hubiera podido ir a Berlín, la obra habría sido distinta. Entonces, ¡qué bueno que la vida le vaya enseñando a uno a construir con lo que hay! Estos gestos llevan a un camino de humildad.

C&AL: ¿Cómo han afectado sucesos mundiales actuales como la pandemia su trabajo?

EC: Es muy complejo, pero a la vez interesante. Este año tenía la expectativa de ir a Londres, Berlín y Canadá. De repente, todo quedó cerrado. Decís: ¿Qué está pasando con nosotros? ¿Qué es la pandemia? Para mí, en realidad, muchas cosas han seguido pasando, pero de otra manera. Yo digo: mientras más proyectos haya, en escalas internacionales y de desplazamiento, entonces se apagan los deseos. Pero si mi sueño es trabajar en torno a la tierra de mi familia, quizá la pandemia me afecte menos. La pandemia está lejos de ese lugar, y yo estoy más cerca: de mis ancestros, de mi comida, del calendario antiguo, de los dueños del tiempo. La pandemia vino a ayudarnos a no pensar muy lejos, a no proyectar demasiado. La vida es ahora, no tanto el futuro.

Camilo Jiménez Santofimio es un periodista y editor colombiano. Ha sido director y gestor de diferentes medios y proyectos culturales.

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