Fue como un consejo de despedida, que escuché por primera vez en la voz de la hermana de mi madre, mi madrina Darlúcia: “Lo mejor del viaje es la demora”. Partiendo rumbo a lo desconocido, poco a poco me fui dando cuenta de que esas palabras, debido a la fuerza simultáneamente ancestral y circunstancial que portan, estaban siendo activadas para transmitir el conocimiento incorporado y común, preservado a lo largo de muchos años en mi propia familia. Esa fuerza de evocación colectiva se perpetúa tanto por la transmisión temporal, al atravesar generaciones, como por la experiencia espacial en nuestros desplazamientos y encuentros en el aquí y ahora.
A partir de los estudios del cantor, compositor y especialista en literatura Tiganá Santana sobre la traducción del libro Cosmologia africana dos bantu-kongo: princípios de vida e vivência, del escritor, profesor y guía espiritual congoleño Bunseki Fu-Kiau, y de las reflexiones sobre los “performances de la oralitura”, de la profesora Leda Maria Martins, logré comprender ese dicho de mi tía, cargado de ritmo y poesía, como una palabra-frecuencia: las ondas y radiaciones impregnadas en el acto de proferir la frase reafirman la creencia en su poder de realización. De este modo, la experiencia manifestada en el lenguaje sólo podrá ser realizada y decodificada por aquellxs que comparten determinada forma de ser y vivir culturalmente: según Fu-Kiau, la comprensión sólo es posible para aquellxs que pueden “experimentar y sentir la belleza de la radiación [n’niènzi a minienie].”