La imaginación en la que vivimos está agotada. Aunque habitemos en su fantasma, ese mundo en cual lo estable y lo binario eran el fundamento de todo, murió hace ya un buen tiempo. Las crisis actuales y los panoramas sociopolíticos en el planeta solo evidencian su muerte.
Conscientes de eso, debemos ocupar la crisis y construir imaginaciones, pero esta vez reconociendo el movimiento como característica intrínseca en la vida de todo ser vivo. Y para eso no tenemos que ir muy lejos: el océano es el espacio desde el cual podemos crear ese presente radicalmente distinto del actual. Toma cualquier idea humana y ponla en el océano; seguro terminará colapsada o diluida, pues lo rígido en el agua no tiene cabida.
Definitivamente estamos hablando de un proceso emancipatorio, o más bien de la continuación de lo que en los últimos tres siglos ha venidosucediendo. Pues, ¿acaso las independencias americanas y africanas no son el resultado de la búsqueda de un movimiento que niegue el colonialismo?
Esa búsqueda de movimiento en esta parte del mundo donde vivo se comenzó a pensar en las comunidades cimarronas [conformadas por personas esclavizadas fugadas] en las altas montañas. Así que, aunque suene paradójico, en el Caribe, continuar la emancipación a través del océano solo puede suceder en relación con la historia de las montañas.
La primera cosa que las montañas nos cuentan es que las herramientas claves para desarticular imaginaciones antiguas y crear otras nuevas, no son herramientas sobrenaturales: son las sonoridades y la escucha activa. Usado como instrumento de viento, el fututo [instrumento hecho con un caracol] hizo posible en el Caribe la conformación de comunidades de resistencia donde vivían poblaciones indígenas y africanas huyendo de la esclavización. Rastrear los orígenes de procesos independentistas regionales del siglo XIX y XX nos lleva al fututo como articulador, con distintas formas de sonar pero siempre señalando la libertad.